El término “Queer” en sentido literal significa “raro”, “extraño”, o también “excéntrico”, “estrambótico”, “sospechoso”. Fue utilizado tradicionalmente para nombrar a la comunidad gay, lesbiana, transexual e intersex de manera peyorativa.


El movimiento queer apareció a principios de los 90 en el seno de la comunidad gay y lesbiana de los Estados Unidos. En ese contexto, algunos decidieron autodenominarse con este término despectivo, resignificándolo, para diferenciarse de aquellos que buscaban la construcción de una identidad estable (una “normalización”) que creaba deliberadamente una imagen del “gay positivo”: hombre gay profesional de raza blanca.


Lo queer se caracteriza por no reclamar algo sino por tomarlo directamente. No se busca negociar sino que se acciona. Es un movimiento de choque, subversivo, desobediente de los mandatos conservadores, y que propone crear un espacio liberado para desarrollar las sensibilidades, en el cual las personas puedan expresarse de la manera que sienten revirtiendo la vergüenza impuesta por el orden establecido.
Si bien lo queer tiene más que ver con la acción, con el activismo cultural y político directo, ingresó en la academia a través de desarrollos teóricos que plantean una nueva forma de entender la sexualidad, la orientación sexual y la identidad de género.

Lxs teóricxs de los estudios queer argumentan que las identidades son siempre múltiples y compuestas por un número infinito de elementos: orientación sexual, clase, género, nacionalidad, edad, raza, etc. Toda identidad es una construcción inestable, arbitraria y excluyente. Su configuración depende de un “exterior constitutivo”. Por exclusión, las identidades son resultado de relaciones de poder, de un centro y de una periferia.

Las teorías queer consideran como objetivo prioritario llevar a cabo un acercamiento transversal a los dispositivos sociales de sumisión y dominio.