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Si algo tiene representación
simbólica, existe. Solo entonces se hace reconocible para una
sociedad.
El tango es una danza popular, y como cualquier otra, funciona como
espejo de la sociedad de la cual surge y en la cual se desarrolla.
En este caso, la sociedad porteña. Pero el tango también
es una danza de fuerte connotación sensual. Y de ahí
que lo que este “espejo” refleja no es sino la forma en
que nuestra sociedad concibe el erotismo entre sus integrantes: en
primer lugar, hombre-mujer. Luego, activo-pasiva. Dos roles bien claros,
definidos. Este binomio simplifica notablemente la compleja red erótica
que existe entre los individuos. Y que si bien representa a una mayoría
identificable en la sociedad, instituye una forma de sentir “admitida”,
condiciona y censura formas de sentir diferentes. Se fija como modelo.
Y afuera de este modelo quedan todos aquellos cuyo sentir es distinto.
Porque es indudable: en la voluntad de totalizar se cercenan identidades.
Así pues, en esta representación social, que podríamos
pensar, a nivel simbólico, como una “fórmula del
sentir erótico”, no están representadas las lesbianas,
los gays, los bisexuales, los transgéneros. Ni tampoco las
mujeres y hombres heterosexuales que pudieran concebir su erotismo
de manera distinta.
Pero nuestra sociedad está cambiando, y el tango, como fiel
espejo de la misma cambia también. Su escena, su baile, su
gente. Y esta posibilidad de cambio abre las puertas al Tango Queer. |