Marginalidad:
Cualquier historia oficial sobre los orígenes del tango coincide
en un punto: el tango nació marginal. Y en los suburbios, en
los que se mezclaba gente de clase baja, (malevos, compadritos y prostitutas)
con “niños bien” se fueron forjando las primeras
figuras y exploraciones eróticas de este baile. Es precisamente
por su fuerte carácter erótico que fue considerado inmoral
y obsceno en la época, suscitando por todas partes censuras
y prohibiciones. Hay entonces tres elementos que no pueden omitirse
cuando se piensa la historia del tango: erotismo, marginalidad y censura.
Sobre estos elementos se extienden tensiones de poder: clase, género,
nacionalidad (no olvidemos la dinámica de deslumbramiento entre
“extranjeros” y “argentinos” que sigue funcionando
en el universo tanguero hasta el día de hoy, y que entra en
escena desde el tan mencionado “triunfo en París”).
Todos estos elementos están ligados no solo al origen del tango
como fenómeno cultural sino a la estructura profunda de su
danza.
El intento por homogeneizar, estetizar y “normalizar”
las formas del baile y los ambientes en los que ésta se desarrolla
es un elemento más de la dinámica del tango, que, a
pesar de esto, sigue pugnando por nuevas formas que se adapten a los
cambios culturales y sociales de quienes lo bailan.
Roles:
Ya son muchos los estudios que prueban que en un principio el tango
se bailaba entre varones. Esto -se explique como se explique- echa
luz sobre un interesante elemento: desde un principio, el tango
nos plantea una práctica que pone en escena la abstracción
de los roles del sexo al que socialmente se adjudican. De ahí
en más, se abren las posibilidades.
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