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El
Tango como símbolo. Mujeres
Que el tango es una danza machista es algo que casi ya nadie pone
en discusión. Basta con pensar la distribución de los
roles en la pareja de baile para encontrar la primer gran evidencia:
hombre conductor, mujer conducida.Y si bien es cierto que los roles
-en el mejor de los casos- están pensados como complemento,
el posicionamiento que tiene uno respecto del otro es muy desigual.
Y muy especialmente cuando cada rol se supone ligado de manera “natural”
al sexo al que se destina, sin que el intercambio sea una opción
posible.
Esta desigualdad radica, lisa y llanamente, en una diferencia de saberes.
Mientras que el hombre-conductor es el depositario de la mayor cantidad
de información, en relación a pasos y movimientos, la
mujer-conducida es enseñada desde el principio a dejarse llevar,
y el placer de la danza aumenta en la medida en que ella presenta
menos resistencia y él mayor decisión.
Como resultado de esta dinámica, una mujer sin un hombre que
la guíe no puede dar un solo paso. Requiere de él para
moverse y esto la vuelve dependiente.
Esta relación es más notoria en los estilos más
tradicionales, como por ejemplo el estilo milonguero. En los nuevos
estilos de baile en el tango las mujeres han comenzado a ganar una
mayor participación y es necesaria su cooperación activa.
Sin embargo, la carga simbólica de poder que se vierte en los
roles continúa siendo la misma, de igual modo que la fijación
de cada uno de ellos a un sexo determinado.
No es la existencia de los roles lo que cuestionamos, que en definitiva
hacen a la estructura primera del tango, sino su fijación e
identidad con el sexo, como si uno y otro estuvieran “esencialmente”
ligados.
En general, y tal vez por comodidad o por temor a enojar al varón,
las mujeres son reacias a conducir y a proponer un lugar distinto
para ellas dentro del tango. Sin embargo, en los últimos años
se ha comenzado a ver en algunas milongas a muchas que lo hacen, bailando
juntas, ya sea porque lo desean así, o como un primer paso
para afianzar en la práctica un conocimiento sin el cual es
imposible ningún cambio en relación a los roles, creando
zonas de complicidad entre mujeres, siempre necesarias para fortalecerse.
Lesbianas
Una de las grandes luchas de las lesbianas fue y sigue siendo la
lucha por la visibilidad. Es decir, que la existencia de las lesbianas
sea reconocida socialmente. Acostumbradas a silenciar o enmascarar
su amor y erotismo, las lesbianas fueron objeto de un borramiento
histórico, y acaso hicieron del silencio su forma de existencia.
No hace falta sino volver a echarle un vistazo a la distribución
de roles en el baile del tango, que hemos dado en llamar “fórmula
del sentir erótico”: hombre-conductor y mujer-conducida.
Hablamos ya del carácter simbólico de la distribución
de roles, y también de la dependencia del rol mujer-conducida
respecto del varón-conductor.Teniendo en cuenta esta fórmula,
una mujer que elija como pareja de baile a otra mujer, se enfrentará
con un contundente obstáculo: Ninguna de las dos podrá
conducir, y por lo tanto (siempre hablando a nivel simbólico)
es imposible que bailen juntas un tango. No sucede así en
cambio con dos hombres, ya que ambos desempeñan un papel
activo.
Esta ausencia de representación simbólica en una danza
tan idiosincrásica como lo es el tango, denuncia una invisibilización
social. De esto concluimos que, para una sociedad antropocéntrica
como la nuestra, el lesbianismo es inimaginable.Por eso vemos en
la fórmula mujer-mujer (la fórmula imposible en el
tango) la más subversiva. La que mina y cuestiona los fundamentos
sexistas sobre los que descansa nuestra sociedad y que se reflejan
en su baile.
Para hacer que esta fórmula imposible se ponga en funcionamiento
es necesario que al menos una de las dos mujeres conduzca, y asuman
una y otra un rol distinto, o que ambas asuman uno y otro rol indistintamente,
con la posibilidad del intercambio.
Esta práctica no solo pone en cuestión lo más
estructural del sexismo en la danza, sino que abre las puertas a
la exploración de nuevas formas dentro de ella a través
de un intercambio en el cual la diferencia no implica una desigualdad
de poder, sino una nueva posibilidad comunicativa.
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